Cap. II. Otras cofradías de negros y mulatos

En el último tercio del siglo XVI se aprueban las reglas de otra hermandad de negros, en el arrabal de Triana, y de una de mulatos, esta intramuros de la ciudad.

Buena parte de los negros esclavos, que realizan para sus amos trabajos domésticos, viven en las casas de estos, aunque no todos, pero los libres, que también crecen en número muy significativo a lo largo del siglo, dedicándose a los oficios más modestos, cuando no a la picaresca o la pequeña delincuencia, habitan en muy humildes viviendas situadas en los barrios intramuros más populares y, sobre todo, a extramuros. La tendencia a que los más periféricos socialmente tuvieran sus casas en la periferia urbana se vio acentuada, ya en las primeras décadas del XVI, por ordenanzas del Concejo de la ciudad, como la de 1522, que prefería tenerlos fuera de las murallas, para evitar no sólo posibles conflictos sino para que durante la noche, una vez cerradas las puertas, no deambularan por las calles escandalizando o perturbando al resto de la población. Porque los negros –esclavos y más aún libres– y secundariamente los mulatos y otras etnias consideradas “inferiores” constituían lo que hoy serían denominados “grupos de riesgo”.

De ahí la presencia de negros en los arrabales de la ciudad: en la Calzada y la entonces conocida como Carrera de Santa Justa y Rufina, entre las murallas y el prado con esa denominación –sector al que siempre estuvieron vinculados el hospital y la hermandad de los negros sevillanos–, y, sobre todo, en el barrio de la Mar, también conocido como de la Cestería o la Espartería, actual Arenal, y al otro lado del río, en Triana. En el entonces final de la calle Castilla, a la altura de la actual calle Procurador –entonces denominada Portugalete, precisamente porque de Portugal procedían una gran parte de los negros asentados en el entorno– construyeron un hospital y ermita, bajo la advocación de la Virgen del Rosario, constituyendo también una hermandad con este nombre, y el de “Sangre de Jesucristo“, a la que en 1584 le fueron aprobadas Reglas en que se incluía la procesión de disciplinantes, con estación a cuatro iglesias trianeras, el Jueves Santo, el mismo día que su homóloga sevillana. En sus capítulos se establece, al igual que en las aprobadas treinta años antes a esta, que la corporación era exclusiva para negros: ambas hermandades eran, por consiguiente, étnicamente cerradas.

No es conocido si los negros de Triana tuvieron o no Reglas anteriores, pero sin duda su hermandad existía antes de la fecha de esta, ya que incluso le había sido puesto pleito por los padres dominicos, desde su convento de San Pablo, a causa del nombre de la Virgen del Rosario –el más utilizado por las hermandades andaluzas de negros, junto al de Virgen de los Reyes, como ya vimos–, que los frailes entendían sólo podía ser utilizado por cofradías que tuvieran como sede las Casas Grandes de la Orden. Las razones del pleito, que iba tanto contra esta hermandad de negros como contra la del Señor orando en el huerto y Virgen del Rosario, en Monte-Sión, no sólo era por cuestiones nominales o exclusivamente espirituales sino también materiales: los cofrades de Monte-Sión “se han entrometido a tomar nuestro Nombre y Advocación y andan por la calle quitando la limosna que pertenece a mis partes, y lo mismo han hecho y hacen una Congregación de Negros que se juntan en Triana en el Hospital de Santa María de las Cuevas“. Como resultado, los negros trianeros modificaron el nombre de su titular, denominándose a partir de entonces Cofradía del Rosario de Nuestra Señora de las Cuevas, adoptando el título de la cercana Cartuja, con seguridad con el permiso de la silenciosa Orden.

Décadas más tarde, estando ya la hermandad instalada en una nueva capilla al final de la actual calle Castilla (capilla que sería primero del Rosario y luego del Patrocinio) y habiendo perdido su carácter étnico –en 1673 un documento de ella dice que “los hermanos y oficiales de que se compone es gente pobre, trabajadores que tienen pocos medios” pero no nombra para nada a los negros– fue pleiteada, otra vez, por los dominicos, cuando estos se instalaron en Triana y comenzaron a construir el convento de San Jacinto, en 1673, instando a la cofradía a trasladarse allí por ser una cofradía del Rosario; a lo que esta respondió cambiando otra vez de nombre y titulándose del Patrocinio para no tener que trasladarse.

Pocos años después, en 1689, ya en franco declive, la hermandad se fusionaría con la del Cristo de la Expiración y Virgen de la Paz, que, procedente de Sevilla, se había instalado en la misma capilla del Patrocinio y encargado la que habría de ser portentosa imagen del Cachorro. Pero desde hacia ya décadas la cofradía de negros ya no existía como tal aunque se mantuvieran sus advocaciones e imágenes. Esta desaparición debió responder, sobre todo, al descenso, desde mediados de siglo, del número de negros que existían en la ciudad, tanto por la gran mortandad que entre ellos, y en todos los sectores de la población pero especialmente los más modestos, produjo la gran epidemia de peste de 1649, como por la menor entrada de nuevos esclavos desde esos mismos años. La hermandad sevillana consiguió superar, como veremos, este trance pero para la trianera, que siempre debió ser menos numerosa y consolidada que aquella, supuso una crisis que la llevó a su virtual desaparición. Sería interesante saber, pero no contamos por ahora con la documentación necesaria para ello, si los pocos negros que quedarían en la hermandad del Rosario cuando está pasó a los blancos permanecieron en ella, de forma puramente simbólica, o si algunos pasarían a integrarse con sus hermanos de etnia en la cofradía de la Virgen de los Ángeles, al otro extremo de la ciudad.

Pocos años antes de que la hermandad de los negros del Rosario de Triana aprobara sus Reglas, aunque ya existiera tiempo antes –como hemos señalado–, surgía la cofradía de los mulatos. El arzobispo Rojas y Sandoval, en 1572, la autorizaba, también como hermandad étnicamente cerrada, exclusiva para los pardos , constituida en el hospital de la Virgen de Belén, situado en la calle llamada, entonces y ahora, Compañía, a espaldas de la Iglesia de la Anunciación, que fuera de la Compañía de Jesús y luego de la Universidad. A los pocos años, se trasladó a la parroquia de San Ildefonso, entonces un templo más modesto y pequeño que el neoclásico actual, con sus imágenes titulares: un Ecce Homo con la advocación de Santo Cristo de la Demostración (que es el actual Señor de la Salud y Buen Viaje, de la hermandad de San Esteban) y una Virgen dolorosa, Nuestra Señora de la Presentación (que no era la que actualmente tiene este nombre en la hermandad del Calvario). Allí labraron capilla y desde ella realizaban su estación de penitencia el Miércoles Santo, con un paso de misterio de varias figuras, que debía parecerse, en cuanto a la escena representada, al de San Benito o San Esteban actuales, con un crucificado, que nunca fue titular de la cofradía, y con el palio de la Virgen de la Presentación.

La última salida en Semana Santa de la hermandad de los mulatos fue en 1731, entrando en fuerte declive y desapareciendo de hecho por los años 1760. Cuando el derrumbe parcial de la iglesia, en 1794, y la demolición del templo para la construcción de otro totalmente nuevo, las imágenes se dispersaron y de la cofradía sólo quedó el recuerdo en otra Dolorosa que tomaría el título de Presentación, en recuerdo de la Virgen de los mulatos y que habría de ser la titular de una hermandad moderna, la del Calvario, fundada en 1886 (hoy en la Magdalena), y en el nombre, también desgraciadamente perdido, de la calle lateral de la parroquia, durante mucho tiempo denominada de los Mulatos y en nuestro siglo de Rodríguez Marín, por el que fuera famoso cervantista y folklorista conocido como “el bachiller de Osuna” , que bien merece una calle pero que no debería ser precisamente esta.

Significativos paralelismos existen en cuanto a las dificultades y vicisitudes de diverso tipo, que iremos indicando, por las que atravesaron las hermandades de negros de la Virgen de los Ángeles, de Sevilla, y de la Virgen del Rosario, de Triana, y la de mulatos de la Virgen de la Presentación. Baste ahora señalar que, en una sociedad tan estratificada, tan plural y tan integradora en lo ideológico –que no en lo social– como era la Sevilla capital de las Indias, una de las metrópolis más importantes de Europa, existen ya, con Reglas aprobadas, en el último cuarto del Mil Quinientos dos cofradías de negros y una cofradía de mulatos; que las tres eran hermandades étnicas cerradas, las tres realizaban procesión de disciplinantes en la Semana Santa; todas ellas presentaban una economía muy precaria, y todas ellas hubieron de sufrir, en distintos momentos, además de las crisis generales que en diversas épocas afectaron a la globalidad de las cofradías, importantes crisis demográficas que llevaron a dos de ellas a la extinción. La de negros trianeros desaparece como tal no mucho después de mediados del XVII, la de mulatos lo hace en la segunda mitad del XVIII, y sólo logra subsistir, sin solución de continuidad en la vida y cultos internos, aunque sí en la estación de penitencia, la que ya desde finales del Mil Setecientos empezó a ser conocida popularmente como de los Negritos.